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Salud Pública: más allá de la práctica clínica


Cuando concebimos la Salud Pública dedicada a atender problemas de salud a nivel de colectivos o conglomerados sociales, ya no solo como una disciplina de la Medicina sino como una práctica de naturaleza interdisciplinaria —una misma problemática, diversas disciplinas interviniendo en su resolución— de manera obligada nos lleva a reconocer que los médicos no son idóneos para asumir la solución de la mayoría de los problemas que operan en este ámbito de la sociedad, a menos que y solo a menos que, cuenten con estudios o experticias que únicamente otorgan las
disciplinas científico sociales.

En efecto, se vislumbra que los médicos de las nuevas generaciones parecen estar formados excelente o medianamente, según la escuela de Medicina de que se trate, para asumir retos preponderantemente clínicos, es decir, propios de los servicios de salud personales, pero no para las responsabilidades de la salud colectiva, menos para las adecuadas rectorías de los sistemas de provisión de servicios institucionales, digo de manera idónea, con la solvencia requerida por las nuevas exigencias de las poblaciones.

Cabe preguntarse entonces, ¿Cómo es que en el desarrollo de la Salud Pública aparece una lista abundante de ejercientes de la práctica médica? Conviene saber que los fomentadores de los sistemas de salud de la modernidad
occidental, llámese Johan Peter Frank o Rudolph Virchow, entre otros, no solo dominaban saberes de las ciencias naturales y de las mal llamadas ‘ciencias exactas' (ya el físico químico y premio nobel Yllia Prigogine
demostró que no existen tales) sino que además contaban con sólidas bases filosóficas sociales y filosófica políticas, como Peter Frank, educado en ambientes jesuitas o con perspectivas propias de la Antropología del siglo
XIX, como Virchow, lo que les permitía conectar salud individual con salud colectiva y por tanto aportar en su práctica a lo que conocemos como salud pública.

Sin duda la figura cimera en nuestra Salud Pública ha sido el Dr. José Renán Esquivel, primero en ocupar el cargo de ministro de Salud en 1970 y quien había convertido al Hospital del Niño en modelo de atención hospitalaria a nivel del continente americano para esa época.

Ciertamente, la práctica médica del Dr. Esquivel y del equipo que lo acompañó en esa década, se tradujo en la puesta en marcha de un sistema de salud de alta eficacia y eficiencia, de reconocimiento internacional, para ese entonces.

Quienes conocimos al Dr. Esquivel y a su equipo, sabemos que se trataba de un plantel de salud no solo de alta sensibilidad social, sino empoderados de conocimientos aportados desde la Sociología, la Economía Política, la
Antropología y la Historia al campo de la Medicina.

Resulta lamentable que, en algunas escuelas de Medicina actuales, existan quienes promueven el desalojo de estas disciplinas del pensum académico con la excusa de que las mismas absorben las horas requeridas para dedicárselas a la formación médica clínica. Es cierto que hay docentes de las disciplinas científicas sociales que no han sabido hacer pertinentes los contenidos desarrollados en las asignaturas ofrecidas a las carreras no solo de medicina, sino de las que están involucradas en el quehacer de la atención de salud. Parece verosímil que se reorganice la intensidad de las asignaturas o el momento de su impartición e incluso, el examen de la pertinencia al tipo de formación que nuestra sociedad demanda de los profesionales de la salud.

Lo que resulta desacertado, empero, es pensar que a la formación de un médico o médica de nuestros tiempos le puede bastar con adquirir los conocimientos provenientes exclusivamente de la práctica clínica y de las ciencias biológicas y físico químicas.

Siendo que las rectorías de las unidades proveedoras de servicios de Salud Pública, se les encomienda a profesionales de la medicina, cabe esperar que con tales conocimientos limitados, se traducirá en una oferta de servicios de salud de calidad deficiente y de cuestionable eficiencia. Sumado, obviamente, a las determinaciones sociales que dan al traste con un sistema de salud, estaremos asomados a una debacle en el campo de la provisión de
bienes y servicios sanitarios.

Así, para evitar enviar a nuestro sistema de Salud Pública a un cuarto de cuidados intensivos (parafraseando a un amigo del medio periodístico) nuestras facultades de medicina no deben cometer la torpeza de vaciar de contenidos científico sociales y humanísticos a sus planes de estudio.

Publicado 7 de abril en La Estrella de Panamá
Roberto Pinnock

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