Opinión dominical

En unos días concluirá otro periodo ordinario de la Asamblea Nacional de diputados (AN) y resulta oportuno, ateniéndonos a las reglas de una predectibilidad retrospectiva, hacer un análisis sobre su comportamiento partiendo de una perogrullada. Y esta es que es cierto que las funciones de la AN no se reducen a producir leyes dado que tiene, además, tareas administrativas, de fiscalización y judiciales.
Al País le hubiera ido.bien y le iría mejor si la AN aprobara menos leyes y se dedicara, en cambio, a rendirle honor al voto popular haciendo mas fiscalización honesta y abriendo juzgamientos a personeros de los otros 2 órganos del Estado existiendo, tanto antes como ahora, causas harto suficientes ( de todo tipo, calibre y naturaleza) para empezar el correspondiente proceso legal.

Nuestro sistema político, empero, no permite que ninguno de los órganos del poder publico actúe con independencia de los otros. Y como agravante tenemos que las personalidades que, en su gran mayoría, tienen puestos claves y representativos en cada uno de ellos, carecen de categoría, valores, criterios, talantes, formación, dignidad y coraje, para elevarse por encima de la pobreza institucional y generar las guías pese a la oscuridad, incertidumbre, desolación y desanimo que cunde a lo largo y ancho del territorio nacional y que ya todo panameño parecemos llevar en la piel como un tatuaje tipo Black & Grey.

El pecado original de quienes llegan a la AN es que éstos se contagian con la penosa enfermedad que los convence de que todo (y absolutamente todo) se resuelve con la aprobación de una ley. Y producto de esa estrafalaria concepción se entretienen generando leyes triviales, inútiles e intrascendentes, con una un otra que conlleva impacto social, económico o político pero que, para fatalidad, terminan transfiguradas en el pantano de los intereses de los poderosos o convertidas en pasto fértil de la burocracia pegajosa.
En los últimos 6 meses del año pasado (julio a diciembre) se promulgaron en gaceta no menos de 50 leyes de las 21 fueron acuerdos o tratados internacionales. De las restantes hay algunas tan infertiles como innecesarias: le cambian el.nombre a El Porvenir, la del Festival del Manito o la del Panamá Jazz Festival, la de mes de la municipalidad, la que crea despacho para los afro-panameños o aquella que exige, y que nadie va a cumplir, el consentimiento previo de los pueblos indígenas para la procedencia de temas que los afecten.

El resto, sin desconsiderar, algunas de interés nacional, son material perfecto para ser cultivadas en el “matorral jurídico” que tiene o debe tener al País hasta el gollete.

Pero afinando el lápiz es probable que la producción incontrolada de leyes no sea solo una deformación congénita de los diputados y que aquello sea una planificada estrategia macabra que, aplicada cada 5 años, terminan por venderse como los “padres” de la patria con el objetivo de que miremos hacia otro lado para permitirles golosear el presupuesto a dos manos y a dentelladas, a tiro de nombramientos artificiales y dispensas innombrables, con la garantía de un ambiente claroscuro de intimidad para tragasantos y una impunidad a prueba de fuego y rayos láser.

En lo que va de este año no se puede decir la palabra final porque en la semana que empieza mañana continuara abierto el grifo para que los diputados aprueben más leyes con golpes de madera y de manera, forma y modo, tan irresponsable como impensada.

Pongamosle atención al discurso del presidente saliente y verá repetida la vieja película de héroes golpeándose el pecho y desgañitándose que nos salvaron la vida gracias a las leyes, y seguidamente al nuevo mandamas prometiendo leyes y mas leyes hasta cuando nos aburramos de seguir siendo el primer país del globo terráqueo en donde la ley es la única religión que, al parecer, nos une, nos motiva y nos hace felices.

Que desdicha kafkiana la nuestra que nos toca vivir y sufrir hasta que logremos aprendernos de memoria una sola palabrita: BASTA

Por: Lic. Víctor Collado

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