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La juventud frente a la sociedad decadente por Sydia Candanedo de Zúñiga


‘¡En las manos de los jóvenes está el destino de nuestra nación!’
Cuando empezaba mi vida universitaria, los jóvenes estudiantes nos preguntábamos mutuamente sobre nuestros planes de estudios. La gran mayoría expresábamos grandes deseos altruistas de prepararnos para buscar el bienestar de la Patria. La juventud estaba imbuida de los ideales bolivarianos. Era nuestra meta ser parte de una patria que considerábamos pequeña y que construiríamos todos los jóvenes del país para engrandecerla. Los logros de nuestra generación fueron palpables. Vimos surgir una Nación llena no solo de quimeras sino de realizaciones.

De manera vertiginosa el país fue creciendo, llegamos a la madurez y todo fue cambiando. De repente, a principios de los sesenta, los educadores nos dimos cuenta de que los ideales eran relegados a un segundo plano. La educación pública, que con tanto esmero habían logrado desarrollar nuestros padres y nuestra generación, estaba siendo atacada de manera inmisericorde por fuerzas extrañas a nuestra nacionalidad, para convertirla en una educación privatizada. Cuando vivíamos esa situación nuestro pueblo protestó con tanta energía que llegué a pensar que habíamos triunfado y que la educación sería respetada por las fuerzas centrífugas que por aquel entonces parecían ser minoritarias.

Empero, para infortunio nuestro, los militares llegaron al poder y todo lo que parecía una tendencia negativa pero reversible, se convirtió en el aluvión de caos educativo y deshumanización de la educación que estamos sufriendo todavía y ya por varias décadas.

Por eso cuando veo la mirada extraviada de nuestros jóvenes, carentes de horizontes o con horizontes equivocados, siento un enorme pesar. La falta de una educación humanística en nuestras aulas y la tecnología descontrolada, han convertido a la mayoría de nuestros jóvenes de hoy en unos autómatas, carentes de sentido y valores cívicos, morales y éticos. Y los medios de comunicación no cumplen su papel orientador, muy por el contrario, la televisión y las redes sociales desorientan, vulgarizan y embrutecen a la juventud. Claro está, a falta de una educación humanística los jóvenes están siendo maleducados por el ejemplo que ven de sus mayores. Eso en cuanto a la urbanidad y los principios, pero en cuanto a la educación académica, la juventud tampoco encuentra una orientación de nada ni de nadie. Ante la crisis de valores, toman muchas veces carreras sin tener vocación para ellas, no hay ningún interés en servir a la Patria, abrazan profesiones y ocupaciones solo porque les puedan brindar un buen ingreso pecuniario. A la postre sus preparaciones serán un despilfarro para el Estado y la familia, porque esos jóvenes se volverán mayoritariamente profesionales frustrados que solo pensarán en lucrar.

En la época medieval, se consideraba que la humanidad vivía en el oscurantismo, llegó el cambio y surgió el Renacimiento. En ese entonces se le dio valor a los grandes científicos y literatos que aún en la actualidad son leídos y respetados. El mundo es dinámico y cambiante, esto se prueba cuando aparecieron los hombres toda luz, donde el ser no confundía lo verdadero con lo falso sino que la inteligencia llevaba al hombre a crear y a buscar la verdad. El Renacimiento dio valor a lo clásico. Pero como el mundo, como expresamos, no es estático, detrás del hombre sabio, de la época clásica, surge la deformación, con la época barroca, término utilizado para definir lo desordenado y confuso y que tuvo repercusión principalmente en el siglo dieciocho. ¿Por qué esta mención de estos períodos? Para explicarnos la diferencia entre la constate clásica y la constante barroca. Porque en la época actual, Panamá vive una corriente barroca. Una época de decadencia, donde los mejores años que vivió nuestro país son ya un recuerdo. Así nos explicamos toda la conducta actual, claro está que conceptuamos lo barroco en la historia, como una época llena de desordenes y donde los hombres practican, no solo un relajamiento sino una cultura deforme y una doble moral, tal como ocurre hoy en nuestro país. Lo barroco es lo que impera.

Así, guardadas las proporciones, en los años cuarenta del siglo pasado, Panamá adoptaba un clasicismo, que tal vez tuvo su mejor expresión en la gesta de diciembre de 1947, con la generación del Frente Patriótico de la Juventud, cuando toda la nación se ponderó y llena de valores, tomó un rol protagónico, cívico y nacionalista. Para aquellos años, a nuestro país llegaban grandes autores, poetas, declamadores, catedráticos, músicos, filósofos y científicos. Teníamos el apoyo de sublimes maestros como Méndez Pereira, Moscote y los estadistas que nos gobernaban eran como Harmodio Arias o Juan Demóstenes Arosemena que pensaban en el desarrollo cultural de nuestro país, tal como lo planeó Belisario Porras, al principio del siglo y lo impulsó después, Carlos Iván Zúñiga, como último luchador de nuestros ideales. Tras lo clásico, llegó lo barroco, o sea, la deformación, la decadencia.

Jóvenes de hoy sin orientación: Panamá vive un colapso social, donde la cultura, las instituciones y los valores éticos y morales se encuentran en franco deterioro, donde impera la corrupción en todas las escalas y en todas las esferas. Tanto en las instituciones como en la vida privada. Lo que mantiene a la sociedad en pie, es el vil metal. Lo que se vive en la actualidad es una decadencia. Se vive lo temporal, el desenfreno, la falta de cultura, el deterioro, la deformación; en fin, lo barroco. De lo clásico solo queda el eco. Es el imperio de la decadencia. No obstante, debemos saber que lo que trasciende es lo clásico, los valores, el humanismo y la cultura.

Por ello invitamos a los jóvenes a empinarse, a volver a lo clásico, a los principios, a las buenas costumbres. Es la única manera de que nuestro país retome el rumbo que lo conduzca por los senderos de la sensatez, donde el joven se encuentre a sí mismo, donde no se deje influir por fuerzas maléficas, sin ideales, sino por las fuerzas morales que llevan al engrandecimiento del espíritu, no al materialismo rampante, diabólico y destructor.

¡En las manos de los jóvenes está el destino de nuestra nación!

DOCTORA EN EDUCACIÓN Y ESCRITORA.
opinion@laestrella.com.pa
06/02/2018 – 12:01 a.m. martes 6 de febrero de 2018

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