El caso ‘Triple D’

Desde el año 2008 me encuentro envuelto en un debate que crece sin pausa sobre el llamado caso ‘Triple D’, apodo con el que me bautizaron desde que fui designado para el cargo de ministro de Gobierno y Justicia. En los últimos meses, los periódicos publican diversos artículos de opinión y noticias sobre el lamentable incidente en donde perdió la vida el cabo Andrés García en 1970.

Si de algo ha de servir el trance por el que atravieso es sin dudas la oportunidad de poner en la palestra el debate sobre una institución humanista del Derecho: la prescripción.
Los académicos consideran que este es un caso de estudio y, sin excepción, toman posiciones a favor de ella en lo referido a dicho incidente de hace cuatro décadas. En el sector abogadil —podemos sentir orgullo de su coincidencia— consideran que es un Caso Prescrito. Muchos artículos de opinión así lo confirman. Como lo expresa la abogada Karelia Blanco ‘… y ceñidos al estricto Derecho debería estar archivado por ser un Delito Prescrito. Hablamos del caso de Daniel Delgado Diamante’.

El caso ‘Triple D’ no sería debate de estudio sin ideas adversas. Quien se atreve a ir más allá al sugerir mi imputabilidad, es sin dudas el coronel (r) Amado Sanjur. En su retorno al país, éste, quien se fugó de la cárcel en 1970, basa su argumento en la versión dada por su entonces carcelero y cómplice de fuga. Ésta elucubración sobre una supuesta ‘orden superior’ de disparar al cabo, no hay duda de que teje una fábula caritativa, de un guardia obviamente interesado en ganar el favor del reo. Y así lo consigue. El propio Sanjur lo ratifica, ese mismo ‘… vino conmigo al exilio’.

¿Cómo una tomadura de pelo de 40 años no despierta siquiera sospechas en quien la repite una y otra vez? Tal vez yo en su lugar, tampoco hubiese sospechado de la veracidad de una versión que responsabilizaba de esa supuesta ‘orden superior’ a los que mantenían al señor Sanjur encarcelado. Pero, toda la evidencia recabada, —en 1970 y ahora— y que aparece en el expediente, demuestra cosa contraria a la que aduce quien esgrime opiniones públicas sobre mí que rayan en la injuria y calumnia.

Hace 41 años, ejercía entonces como subteniente de la Guardia Nacional. Acudí a la protección de la familia desarmada y desvalida de un cabo. Éste, ebrio y enloquecido por los celos, luego de acuchillar gravemente a un compañero cuando trataban de detenerlo, salió del cuartel armado de una bayoneta. Profería amenazas de muerte contra su esposa y suegra. Al intentar disuadirlo, se me abalanzó, arma en mano. Realice dos detonaciones de advertencia al suelo. Nadie en su sano juicio ante el inminente bayonetazo solicita permiso superior para proteger su vida. Nunca solicité ni recibí ‘orden superior’ alguna. Simplemente disparé a su pierna para defender mi propia vida del furioso ataque del cabo García. Si mi intención hubiese sido matar, habría impactado en área más letal de su anatomía. Una herida en la pierna luego de dos disparos de advertencia, no refleja la intención de terminar con la vida de una persona. No soy ningún verdugo que cumplía orden superior alguna.

El Caso ‘Triple D’ trata de este oficial, que intentó controlar a un hombre armado y fuera de sí que ponía en riesgo a su familia y a otras personas. No se trata de crimen alguno ni de muerto oculto como se publicó. Algunos intentan forzar el caso como uno de violación de derechos humanos, de desaparición forzosa, de lesa humanidad o de circunstancias políticas. Al contrario, este caso califica como un acto de legítima defensa. De allí que apelemos a mi inocencia y a la prescripción de un hecho acaecido hace 41 años.

Mucha agua ha corrido bajo el puente desde entonces. Ahora ejerzo como abogado y, sobre todo, como afectuoso abuelo, pero, de salud entera.

Fui distinguido con varios cargos en el Gobierno del presidente Torrijos. No fue fácil llegar, pero logré ascender hasta ministro —prefiero pensar así— por ser trabajador incansable. Tampoco fue fácil. Según especialistas, proyecté una imagen fría de profesional de seguridad, en lugar de una de hombre íntegro e imparcial que cultivo. Y aunque sea yo el que lo diga, mi hoja de vida revela un ciudadano que respeta leyes y dignidad humana.

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Dios es mi mejor testigo.

Como ministro, debatí con respeto con los que adversaron mis propuestas sobre seguridad. A ellos digo con orgullo y sin falsas modestias, que están rigiendo muchas de esas propuestas, ahora asumidas y dirigidas por los mismos que entonces las rechazaron y me combatieron.

Hoy, agradezco a los medios de comunicación que me honran al citarme como fuente usual de asuntos de seguridad. Ellos saben que para revelar el alma genuina, una trayectoria liquida cualquier injuria y difamación que pueda publicarse.

Mis amigos y colegas conocen el trance delicado puesto en mi camino. Éstos, no pierden oportunidad de darme ánimos; incluso llegan hasta escribir sobre mi persona. Lo agradezco y que no quepa duda, en mi corazón el agradecimiento nunca prescribe.

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