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*Corporación Azucarera La Victoria.* (Escrito hace un año, pero con toda vigencia)


Veraguas era una región económicamente deprimida. La pobreza cundía por todas partes. Era común ver morir a cientos de compatriotas en el norte de esa provincia, con enfermedades como tuberculosis, anemia y demás dimanantes de la pobreza extrema que se vivía en la décadas del sesenta e inicio del setenta.

A Omar Torrijos se le ocurrió construir un gran ingenio azucarero en el área de los canelos de Divisa y La Mata de Santiago, comunidades vinculadas a orillas del río Santa María, con un caudal que permitía abastecer de agua a las tres mil quinientas hectáreas que era necesario sembrar de caña de azúcar.

El Ingenio La Victoria, construido con las tecnologías más modernas en 1975, se configuró efectivamente como la redención económica de la provincia de Veraguas e impactó a otras áreas del interior de la república. El Ingreso de su primera zafra alcanzó los 20 millones de balboas. De modo contundente dinamizó la economía de todo el interior, especialmente a los trabajadores de Veraguas, que emigraban a la ciudad capital para poder obtener ingresos para sostener a sus familias. La empresa azucarera impactó a todos los colonos o particulares que vendían el producto de la caña de azúcar y que el Ingenio compraba a mejores precios que lo pagaban los otros dos ingenios privados que existían en ese entonces en Aguadulce.

La corporación generaba al fisco nacional una suma mayor a los 58 millones de balboas anuales y después de las bananeras de Puerto Armuelles y Bocas del Toro Juntas, era la empresa que mayor empleomanía generaba en el interior del país.
Se destacaron en la administración de la Corporación Azucarera la Victoria, El Capitán Augusto Villalaz, Lic. Miguel Sánchiz, Roberto Richard, Lic. Efraín Zanetti, Darién Ayala y Horacio Rodríguez. El día de la inauguración se pudo observar la alegría del pueblo y por supuesto la férrea oposición de los oligarcas que eran dueños del oligopolio del azúcar y que además detentaban una alta cuota de poder político en el país.

En ese acto inaugural estuvieron presentes, Arístides Royo y Francisco Rodríguez quienes eran miembros del Consejo Nacional de Legislación y asesores de Omar Torrijos, los que, siendo de estratos humildes, llegaron a ocupar el solio presidencial en el proceso revolucionario que la oligarquía menosprecia con tanto empeño.

A finales de la década del setenta, se fueron sumando el Ingenio de Las Cabras, Ingenio de Alanje, Ingenio Felipillo, los que llegaron a formar la Corporación Azucarera La Victoria que exportó grandes cantidades de azúcar al extranjero e impactó en la economía agrícola que por ese entonces representaba el 17% del PIB.

A finales de la década del noventa y extrañamente, con un gobierno PRD, se desmanteló la Corporación y los cuatro Ingenios fueron privatizados a precio de ganga, que ni siquiera representaba ni el valor de las instalaciones, mucho menos las tierras que además estaban sembradas y con toda la inversión de riego y drenajes que le adscribían un alto valor que nunca se reconoció.

Por ejemplo, el Ingenio La Victoria está en manos privadas y por él, sólo se pagó un poco más de 11 millones de balboas cuando en libros su valor superaba los 72 millones de balboas, tomando en cuenta el valor de las tierras, infraestructuras, instalaciones industriales andando y depósitos de productos que representaban más de seis millones de balboas entre azúcar refinada y melaza.

Ese proceso de privatización ocurrió de forma oscura y esos valiosos bienes se le fueron otorgados a amigos del presidente de turno quienes, en la primera zafra desde la administración privada, sin hacer ninguna inversión adicional, produjeron azúcar y vendieron la suma de 18.75 millones de balboas.

El acto de privar al Estado y, por tanto, a toda nuestra sociedad de esos bienes y liquidar el patrimonio de los cuatro ingenios azucareros, es una lesión grave al patrimonio nacional. Generar un privilegio para enriquecer a amigos del poder en detrimento de todos los panameños que ahora vemos disminuido la fortuna que nos pertenece a todos; es totalmente cuestionable y habrá que valorar si ello no constituye delito. Esa empresa debió ser administrada con celo y como un buen padre de familia y no como instrumento para traspasar riqueza pública a bribones particulares. No fue un generoso acto de rescate de un bien cruelmente abandonado, como nos hicieron ver.

La herencia de Torrijos, que tenía un amplio sentido social de desarrollo -sobre todo hacia los sectores más pobres del país- se encontró con que aquellos que debieron cuidarla y honrarla, les pareció bien entregarla a sectores cuya avaricia es inconmensurable, tanto como lo es el desprecio que sienten por los pobres a los que Omar amaba con profunda sinceridad y entrega.

*¡Por un país decente y una patria para todos!*

¡Así de sencilla es la cosa!

*José Dídimo Escobar Samaniego*
Cédula: 7-84-41
Martes 30 de mayo de 2017

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Central Nacional de Trabajadores de Panamá