Columnista fogoso que no fuma

Un querido amigo periodista recién me comentó: ‘ni eres, ni tienes madera de columnista’. Bueno, bien quisiera yo tener una pizca de la gracia e ingenio de un Sánchez Borbón; la osadía de Ebrahim Asvat; la picardía de Berna Calvit; la perseverancia de Bobby Eisenmann o la sapiencia de un Ricardo Arias Calderón.

Para algunos, el viejo dilema de la mujer del César está invertido. Primero pareces, sólo entonces eres. No faltan quienes aducen que para redactar bien me hace falta fumar pipa y tener barba, como los intelectuales. Mi capacidad de parecer llega hasta bigotes, y nada de fumar; ya lo hice bastante cuando joven.

Cierto, hay muchos genios y pocas columnas geniales. Ya quisiera yo haberlo sido.

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Por no ser genio tuve que ser alumno ingenioso. Noto que pocas veces la perseverancia acompaña a talento a la hora de escribir. No sé si tengo eso que le llaman ‘madera’ de escritor. Lo que sí es que no suelto el cincel, mientras tallo y tallo. A mi edad, uno lo sabe, el tiempo saca lo que dormita en el alma. Intento que salga despierto y sin la pereza de quien retorna de larga siesta.

Conocí periodistas incapaces de redactar un párrafo. Uno escribe o no. Por lo menos en mí, el insistir en escribir me ha hecho ganar respeto por el lenguaje periodístico. Cómo no tenerlo por este útil caudal de máximas, sugerencias y prohibiciones fraguadas durante tantos años, 60 de los cuales mi padre fue periodista.

Lejos de tener un estilo perfecto, mis críticos no detectan mayor problema con claridad. Entre mis dificultades principales radica el ubicar, más allá del texto, lo que el artículo termina diciendo de quien lo rubrica. Este escritor novel tiende a tratar temas demasiado técnicos que lo hacen parecer aquel ser frío, sin alma.

Mi amigo periodista me previene de una monotonía que quita color y me convierte en escritor monotemático. Seguridad es, sin dudas, mi especialidad. Sin embargo, hasta un rico sancocho causa dolor de estómago de tanto repetir.

Es necesario cultivar y conquistar al auditorio. La primera regla —dice— es no ser aburrido. Quienes parten de una versión simplista del panameño distraído en el morbo, para amenizar apelan a rumores, al ‘me dijeron’, ‘por ahí dicen’. Resultan posturas típicas de quienes no invierten energía en ubicar la verdad. Esconden su falta de interés en ubicar la verdad de los hechos. Escasos de recursos, para captar y mantener al lector, injurian y difaman.

Yo intento otros caminos. Por supuesto que, lejos de ser santo, también padezco de odios, decepciones y antipatías que no pocas veces acuden a reclamar su espacio en mis escritos. Quizás lo más difícil es evitar la tentación de erigir aquí una tribuna para defender mi inocencia en el Caso ‘Triple DDD’. Lucho para no volcar un tema personal tan envolvente, pero, que tal vez colmaría de intrincados detalles judiciales a mis lectores.

¿Qué tanto me interesa ser columnista? Algo de vocación debe habitar en mí, cuando busco con impaciencia opiniones externas que dejen entender cómo son tomados mis artículos. Y en las últimas semanas me hice de algunas interesantes. Las más lógicas ponen en duda mi habilidad y motivación. Argumentan que debo mejorar mi estilo. Además, queda demostrar que escribo por razones distintas al placer —y qué sabroso es— de ver mi nombre inscrito en letra de imprenta y en importante espacio en La Estrella.

El escritor a quien nadie discuta su opinión debe sospechar de nunca ser leído. Mejor si quien la adversa, la entendió. El diseñador de la página coloca la columna, en el caso mío, debajo de la caricatura, y escoltada de otros escritos. Todo eso dice cosas a un lector, más allá del texto.

No pocos ‘amigos’ me convidan a deponer mi empeño obsesivo en ‘tallar’ lo que dice mi texto o lo que opino en televisión. ‘Pecho a tierra’, dicen, si, al fin y al cabo, la gente concluye a su manera. No obstante, me concentro en hablar de lo que sé, sin necesidad de ofender a mis detractores.

El ejercer un rol de columnista lo coloca a uno en el ojo de la tormenta. Pero, también entrega músculo a la razón de quien sepa hacerse creíble. Cualquiera que ponga en dudas tu honestidad, aunque ejerce el derecho de comprender a su manera, apunta al mismo corazón de quien escribe: su credibilidad. Aquel susodicho derecho nunca exime de responsabilidad legal a cualquiera que insista en difamar e injuriar.

Ahora lo entiendo mejor. Pude buscar una segunda profesión, más tranquila y menos provocadora. Hago carrera como abogado y me aficiono al rol de columnista debatible. Esa perdurable presión que me acompaña ha tenido de bueno y malo. Al llegar a ministro, se impuso una vocación que me obligó a elaborar sin descanso una estrategia de seguridad. Luego de mi salida del puesto, sentí profunda decepción por las críticas infundadas a que fue sometida. Sólo ahora empieza a entenderse.

Nunca he sido un provocador de ideas extremas, aunque tampoco niego oportunidad de aceptar gustoso tomar una posición impopular en el debate. Me resisto ser el tipo neutro que permanece mirando los toros desde la barrera. Y como buen colonense, digo lo que pienso sin demasiado cálculo. Y si es necesario, sé pedir disculpas.

¿Que no soy buen columnista? Tal vez. Pero insistiré en serlo. ¡Qué le voy a hacer, soy cédula tres hasta la tumba!

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