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A CARLOS MEJIA GODOY por Rosario Murillo


EL ROJO VIVO DE TANTO AMANECER
(con son de pueblo)

Carlos Mejía tiene un lugar relevante en nuestra memoria colectiva. Tiene un estandarte y una estrella. Acompañó con su canto. Nos arrulló, vale decir.

Carlos Mejía es un símbolo, más allá de sí mismo. Siempre habrá, para mí, un Carlos, a la izquierda, en el lado izquierdo del pecho, de la memoria, y de la vida, y otro Carlos, el de ahora, el que ha perdido la voz.

La inspiración es una melodía misteriosa, que llega, como los pájaros; se alimenta en fuentes interiores, propias y ajenas. El creador es apenas un instrumento de ese ritmo divino, de esa pequeña e insistente voz, que habla, que empuja, que suena y llega, desde un lugar desconocido, y sagrado.

La creación es un templo. Es un sagrario donde se cultiva emoción, fuerza, melancolía, contento, dolor. Es un cáliz donde uno va mezclando sangre propia, con corrientes ajenas. La creación es un don. Precioso, único. Cada creador tiene su privilegio y su magia. Pero, sobre todo, cada creador tiene la inteligencia – o debería tenerla – para identificar y separar, lo suyo, lo del mundo. Cada creador con su inteligencia, es, o debería ser conciencia, y generosidad.

¿Cuánto podríamos hacer los creadores, si la vida no nos ofreciera, como plato servido, (la vida de los demás sobre todo), la valiosa experiencia humana que nosotros bebemos, y luego transformamos, y damos a beber…?

La Vida, el otro, la otra, el yomismo en esa fértil interrelación o interconexión, detodocontodo, es lo que hace la obra, el arte. La sensibilidad y el oficio, son una parte. Inmensa, claro, importante. Pero el motivo, la historia, nos viene de tantos mundos y tantas realidades, que no pasamos, de ser más que hábiles, o no muy hábiles, interpretes, recolectores, recopiladores, y expertos. Sí, expertos. Experimentados en el manejo de las técnicas, en el uso de los recursos, en la capacidad para hacer la química, realizar la interacción, entre mi propia experiencia, la otra, y la musa que dirige todo.

A veces musa, a veces puro oficio, o artificio. A veces alma, a veces pura máquina. A veces corazón, a veces puro comercio. Así ha sido, y así és.

El territorio, la geografía de una obra, es un asunto tanto personal, como social. Más personal que social en algunos momentos, más social que personal, en otros.

Carlos, el intérprete, Carlos el creador, Carlos el inspirador, tiene una obra trabajada con intuición, ahínco y devoción, no lo dudo, pero, sobre todo, con materiales ajenos.

Y esa parte de su obra (en el caso de la Historia Patria Revolucionaria) está hecha con materiales humanos, tórridos y excepcionales, surgidos de los grandes, enormes, agigantados momentos, de personas, y de gestas.

Carlos, el carpintero, labró con madera ajena, las más bellas obras de una historia, y de una memoria común. Pero, común, a quienes hicieron esa historia. Y, común, sobre todo, a quienes creyeron, creen, adoptaron y adoptan, determinados principios. Ideologías, les dicen.

La obra personal es tu laboratorio propio. Es la exposición, abierta, de tu interioridad en cualquier lenguaje artístico. La obra personal, con base colectiva, o social, no puede verse, enteramente, como patrimonio individual. Y menos que se pueda disponer de ella, sin el tacto, o el cuidado, o el cariño, indispensable, para ésa causa que la hizo, porque inspiró, con heroísmo, sangre y muerte, en este caso, cada línea, cada estrofa, cada melodía.

Carlos, el de ayer, es nuestro Carlos. Nunca renegaremos de su aporte excepcional. Nunca negaremos su talento, o la pasión que volcó, artísticamente, delicadamente, en la transcripción lírica y musical, de nuestra heroica lucha revolucionaria.

Pero hoy, es otra cosa. Carlos está en otra parte. Vive en otra parte. Crea en otra parte. Y ésa es su opción, y su derecho. Esa es hoy su pasión; su tentación.

Entonces, también es nuestro derecho hablarle desde nuestra propia opción, y pasión. Por respeto y cariño, a ese otro Carlos, que alguna vez fue parte de nuestra memoriabilia sagrada, y de nuestro corazón elevado de pueblo.

Reafirmo y quiero decir que creo en el Frente Sandinista, de fuerza insobornable y de sol de libertad. Y hablo para afirmar también, que en otras aguas, se mueve, como mímica aborrecible, algo que no tiene nada de fuerza, nada de insobornable, nada de sol. Nada que represente, o diga, libertad.

¿Cómo entonces, pienso, se van a cantar, o a entonar, en esas otras riberas, todas las frases sagradas, de puño y letra, y sangre, santa y redentora…? Cómo, si no son…? ¿Cómo, si ahora son esa burda, e insolente, falsificación…?

El canto de Carlos, a pesar de él mismo, seguirá siendo del Frente. Del Frente Sandinista que hizo la Revolución, y que desde esa lucha mítica, los inspiró y dictó. Del Frente Sandinista, que seguirá, además, revolucionando la historia.

El canto, nuestro canto, seguirá siendo de los hijos e hijas, madres y hermanos, de los miles de nicaragüenses que escribieron, con su tinta sangre, cada sílaba.

En la vida hay cosas que no nos pertenecen personalmente. Que no tienen dueño. Que no son de propiedad, ni particular, ni privada. Los muertos, por ejemplo. La Esperanza colectiva, la creación colectiva, el dolor colectivo. Los triunfos colectivos.

Ni Arlen Siú, ni Leonel Rugama, ni las Mujeres del Cuá, ni Bernardino Díaz Ochoa, ni los guerrilleros sin tumba, ni Ricardo Morales Avilés, ni Camilo, ni Arnoldo Kuant, ni Moisés, ni tantos, ni tantas, estarían, lo aseguro, en las tarimas, pagadas por los yanquis, gritando, descompuestos y grotescos, consignas escritas por los yanquis.

¡Jamás, por supuesto, habrían puesto su sangre, ninguno, ninguna, para regar esos caminos traicioneros, ideados y financiados, por los yankis…!

Ricardo, como todos, creció, “limpia, limpia, la mirada”. Julio, Arlen, Luisamanda, Selím, eran como el ojo de agua. Ningún parecido es posible o siquiera imaginable, sin repulsa, entre quienes son verdaderos, y éstos, imitadores cancaneantes, sin ideología, ni honor.

Todos ellos creyeron, hasta su último aliento, en un Amanecer, difícil, pero posible. Y hacia allá debemos seguir andando. Incansables, seguros. Y el camino no es, por supuesto, ni suave, ni querúbico. Es curvo, sinuoso, empinado. Escarpado, como la vida. Por eso, es de vida, no de remedos baratos, no de adulteración.

Lástima, pero, sobre todo, lástima por los que dejaron de ser. Porque aquí, el sol nace y se pone, sin quebrarnos la voz, y eso es belleza. ¡Aquí no nos tiembla el pulso, para decir lo que somos, y lo que nos proponemos, y eso es integridad…! ¡Aquí tejemos, perseverantes, pacientes, con hilos y madejas de futuro, y eso es milagroso…! ¡Aquí somos lo que somos; no renegamos; no nos desgraciamos…! eso es honradez. Es honestidad. Es ternura. Es coherencia. ¡Es realidad…!

Aquí se lucha, se construye. Llueve, pero no moja. Se canta, y claro, en el árbol de la vida. Como los zanates, enmudecidos ya en otras ramas. Aquí truena la vida. Trae trinos. Vuela con arcoiris. Vibra con la premonición de otro Sol, que escribirá, y hará una nueva música. Será cuna y canción, para un pueblo que está volviendo a nacer. Será son. De pueblo. ¡Eso es seguro…!

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